2010, AÑO SANTO JACOBEO.     
lunes, 22 febrero, 2010, 08:34 PM - ARTICULOS
2010, AÑO SANTO JACOBEO.

¿Qué es el Año Jacobeo o Año Santo Compostelano?
Es aquel año en el que la festividad de Santiago, el 25 de julio, cae en domingo. Por tanto, el año 2010 en que nos encontramos ha sido declarado Año Jacobeo. El último fue en 2004, y el próximo será en 2021.
La Iglesia Católica decreta que, en Año Santo y cumpliendo ciertos requisitos, se puede alcanzar la Indulgencia Plenaria (que es, en pocas palabras, el perdón de todos los pecados incluidos los mortales). Esta Indulgencia es aplicable a los difuntos.
Para conseguir el perdón de los pecados de los Años Santos Compostelanos, la persona interesada debe “acudir a la Catedral de Santiago con espíritu devoto (no es necesario ir a pie o en bicicleta), rezar en su interior y celebrar los sacramentos de la Eucaristía y la Penitencia en el plazo de quince días anterior o posterior a la visita a la Catedral. No es necesario pasar por la puerta Santa o el abrazo a la figura de Santiago, aunque son tradiciones arraigadas.”

Origen de la peregrinación.

Con una fantasía que ya quisieran para sí los cuentistas más imaginativos, y exenta de todo rigor histórico, la leyenda nos presenta una embarcación que surcó sola el mar hasta Iria Flavia, capital de la Gallaecia romana, llevando un sarcófago de mármol que contenía, supuestamente, el cuerpo del apóstol Santiago. La identidad del comité de bienvenida que no sólo recogió el cadáver sino que lo sepultó en un bosque cercano y luego se olvidó del asunto durante ochocientos años es también un misterio. En el año 813, un ermitaño con más hambre que sentido común creyó ver un resplandor en el campo, que se iluminó con el brillo de una estrella, de donde derivó el nombre de Campus Stellae (Compostela). Al pobre hombre no se le ocurrió otra cosa que ir corriendo a decírselo al obispo de Iria Flavia, Teodomiro, que llamó al CSI y aseguró, sin más dudas, que verdaderamente aquella tumba era del mismísimo apóstol Santiago. Informado el rey Alfonso II, que sin duda contrastaría la noticia con las investigaciones de su servicio secreto, acudió al lugar, construyó un santuario que hoy es la Catedral de Santiago de Compostela y proclamó al apóstol Patrón del Reino.
Es a partir de la proclamación oficial que empiezan a sucederse los milagros y apariciones, para promocionar la ruta de los peregrinos desde cualquier punto de Europa. El patrón de la España que aún no existía se dedicaba, en su tiempo libre, a montarse en un caballo blanco y ayudar a los bravos caballeros que se dejaban la piel en la Reconquista de Al Andalus, de donde proviene la denominación de “Santiago Matamoros”, que aún puede verse en muchas de las iglesias del Camino. En estos retablos, ante los cuales hoy todavía rezan los fieles, el apóstol aplasta a los moros bajo los cascos ensangrentados de su brioso corcel.

El Camino de Santiago.

El Papa Calixto II concedió a la Iglesia compostelana el Primer Jubileo en el año 1126, y la primera guía para peregrinos, el famoso Códice Calixtino. Durante los siglos XII y XIII, la ciudad floreció, viviendo una época de máximo esplendor. La promoción del turismo religioso fue alcanzando cada vez mayor importancia, hasta que Santiago de Compostela se convirtió en la Tercera Ciudad Santa de la Cristiandad, después de Jerusalén (por los Santos Lugares) y Roma.
Las diversas rutas europeas confluían en un recorrido que, aún hoy, es transitado por miles de peregrinos procedentes de los países más variados. Este crisol de lenguas y culturas diversas, junto con la experiencia subjetiva que supone para cada cual el viaje (ya sea por el interés deportivo, cultural, filosófico, lingüístico, de ocio o incluso religioso), han hecho del Camino de Santiago un fenómeno inseparablemente unido a la historia europea desde la Edad Media hasta nuestros días. El carácter del Camino como itinerario de reflexión personal a lo largo de las jornadas, como metáfora de la búsqueda del sentido de la existencia, hace que personas provenientes de los trasfondos más diversos se conviertan por unos días en peregrinos que, más tarde, contarán una experiencia siempre positiva.

La verdadera razón.

Pero volvamos al meollo del asunto. Al margen de que existan peregrinos cuya única finalidad sea perder unos kilos, conocer a gente de otros países o pasar las vacaciones de una forma original, el Camino de Santiago es una ruta de peregrinación establecida por el Papa con el objeto de ganar una o varias indulgencias plenarias, que al ser aplicables a los difuntos, uno puede ganar para sí mismo y/o para todos sus parientes en el otro barrio.
Para ganar una de éstas, es decir, ganar el perdón de la pena que merecen mis pecados y no tener que arder un número incierto de años en el Purgatorio hasta que me haya chamuscado allí lo suficiente para “pagar” por ellos, sólo es necesario hacer una visita piadosa al lugar santo en cuestión, o sea, a la Catedral de Santiago, y cumplir las tres condiciones:

- Confesión sacramental.
- Comunión Eucarística.
- Oración por las intenciones del Papa.
Esta condición se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría.

La indulgencia plenaria sólo puede ser adquirida una vez en el transcurso del día (excepto en el momento de la muerte). Aunque la comunión y la oración por el Papa es requerida en el mismo día, la confesión puede ser hecha 8 días antes o después.
Llamemos a las cosas por su nombre.
Para entender claramente lo que conseguimos si peregrinamos a Santiago, es decir, lo que es una indulgencia, no debemos olvidar que, según la doctrina católica, el Papa tiene poder para sacar del tesoro de méritos de la Iglesia Católica obras buenas de los santos – que no sólo se salvaron a sí mismos con sobresaliente sino que además les sobraron “notas positivas” que se acumulan para aplicarlas a otros creyentes católicos que no han llegado al aprobado y, por ello, están sufriendo o van a sufrir en el purgatorio la completa satisfacción que no han podido dar a Dios por sus pecados. Aun después de haber recibido la absolución, es necesario un “castigo temporal” para satisfacer la justicia de Dios, cuyas leyes se han quebrantado. Si este castigo no se hace en vida, queda pendiente para hacerlo en el Purgatorio.
Para decirlo claramente, uno puede librarse de semejante tormento mediante el pago de una cantidad o mediante la realización de una peregrinación a Santiago, por ejemplo, en un Año Santo como éste.
En el primer caso, cuando uno compra la indulgencia estaría obteniendo el perdón de Dios a cambio de dinero. Este viejo método de conseguir fondos para, por ejemplo, construir la basílica de San Pedro en Roma llevó en 1517 al legado del Papa a recorrer Europa con su conocida frase “Tan pronto como suene la moneda en el fondo de la caja, el alma sale volando del Purgatorio”, denunciada por el reformador Martín Lutero.
En el segundo caso, y como si de un concurso televisivo se tratara, uno obtendría el perdón de sus pecados – y por tanto el acceso directo a la gloria - después de superar con éxito diversas pruebas, es decir, peregrinación más confesión más comunión más los otros requisitos ya mencionados. Si bien hoy en día ya no se ofrece tan buen producto en un mercado público, como en siglos pasados, los millones de peregrinos que visitan cada año Roma o Santiago suponen un rentable aliciente para seguir celebrando “años santos”.

El peregrino medieval, probablemente analfabeto, no tenía más remedio que confiar en las instrucciones del clero, pasmosamente ignorante en aquella época, en cuanto a la forma de llegar al cielo y librarse de los tormentos de la otra vida. No tenía acceso a la Biblia, y si lo hubiera tenido, no le hubiera servido de nada, al estar escrita en latín. Dependía, por tanto, de las homilías de su párroco, de pobre formación teológica y aún más escaso conocimiento bíblico en la mayoría de los casos.
Los peregrinos de hoy, en cambio, pertenecen a una de las generaciones mejor formadas de la Historia. Pertenecen a casi todos los campos profesionales y ramas del saber. Hay entre ellos muchos universitarios. Sin embargo, su conocimiento de la Biblia es tan escaso, que aceptan sin pestañear cuestiones como:
- El poder temporal y espiritual de los Papas, inexistente en las Escrituras y en los primeros siglos de historia de la iglesia cristiana primitiva.
- La insuficiencia de la sangre de Cristo para pagar por los pecados de Su pueblo, puesto que cada persona debería terminar de pagarlos en esta vida o en la otra.
- La supuesta existencia de un lugar que no se menciona jamás en la Biblia – a pesar de que Jesús trató en repetidas ocasiones acerca del cielo y del infierno -, donde Dios, cual sádica divinidad pagana, exigiría impuestos de sufrimiento de personas que han puesto su confianza en Él.
- La suposición de que el hombre pueda “ganar” su propia salvación o incluso la de otros haciendo méritos, en contra de toda la enseñanza de las Escrituras.
- La supuesta existencia de un banco de méritos de los santos que estén acumulados esperando a ser usados para cubrir las “deficiencias” de otros creyentes que no logran “ahorrar” tantas buenas obras.

Semejante cadena de invenciones evidencia una tremenda ignorancia de las verdades que Dios ha revelado por escrito en Su Palabra para no dejar a los creyentes a oscuras. En especial, una ignorancia terrible del hecho más importante de la Historia: “Cristo, por su propia sangre, entró una sola vez en el santuario, habiendo obtenido eterna redención” (Hb. 9:12) y “con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hb. 10:14). Si todo el montaje romanista sobre un Purgatorio fuese cierto – a pesar de no aparecer nunca semejante concepto hasta la Edad Media -, Jesús habría mentido al ladrón que agonizaba colgado de la cruz, a su lado, quien seguramente tendría muchos crímenes que pagar, cuando le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc. 23:43). Habría mentido también a sabiendas, al decir “Consumado es” antes de morir (Jn. 19:30), si en realidad aún había más que pagar por los pecados de Su pueblo, en forma de misas, ayunos, peregrinaciones, etc.
Hubo una vez un hombre que trató de hacer lo mismo que los consumidores de indulgencias: comprar la gracia de Dios a cambio de una módica cantidad. Simón el Mago pensó que podía pagar el perdón de Dios. El apóstol Pedro le contestó: “Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero” (Hch. 8:20). Con dinero, con romerías, con entrar por una “puerta santa” o con tocar la imagen del santo. Lo mismo da. Quien piensa así aún está lejos de la maravillosa verdad: “Por gracia sois salvos, por medio de la fe… No por obras, para que nadie se gloríe.” (Ef. 2:8). Por gracia. Gratis. De balde. ¡Qué difícil de entender para quienes pagamos por todo! ¡Qué duro reconocer que el precio era tan alto, que nuestros pobres centimillos resultaban ridículos, y más ridículo aún nuestro empeño en presumir de poder pagarlos!

En la era de la tecnología y la informática, con la Biblia disponible en un sinnúmero de versiones y formatos, miles de peregrinos continúan ajenos al espíritu del Evangelio y al Evangelio del Espíritu que resucita a los muertos. Tan ignorantes del mensaje de la salvación, de la realidad del juicio, de la inutilidad de sus propios méritos y de la maravillosa gracia eterna del Señor que habla desde las páginas de la Biblia como aquellas pobres gentes de hace mil años, en cuya imaginación se mezclaban personajes bíblicos reales con fábulas, leyendas de dragones, supersticiones, refranes populares, devoción a las reliquias y plegarias incomprensibles a las que atribuían poderes mágicos.
Aquellos que quieran encontrar al apóstol Santiago, no necesitan ir a Compostela. Pueden leer su carta, hacia el final del Nuevo Testamento. En ella, aquel hombre humilde que anduvo tres años con Jesús no encarga a los primeros cristianos que vayan a tal o cual lugar santo o que se pongan a realizar tal o cual requisito religioso, sino que reciban la Palabra, “la cual puede salvar vuestras almas” (1:21). Santiago, como tantos otros cristianos a lo largo de los siglos, se había encontrado con “Él, que de su voluntad, nos hizo nacer por la Palabra de verdad” (1:18). Ese fue el secreto de su vida fiel y de su muerte esperanzada. El secreto de Santiago, y de Juan, de María, de Pablo, de Esteban, de Pedro, de Lidia y de Lázaro. Si sigues su consejo, éste puede ser un año santo para ti: el año en que descubras a Aquel que hizo santo a Santiago.


Raquel Berrocal.-



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