Las influencias del poder del Evangelio son muchas y
llegan muy lejos. El apóstol Pablo en Rom.1:16 nos recuerda que «el Evangelio es
poder de Dios..» Este poder no solo se manifiesta en la salvación, sino también
en los tremendos cambios que es capaz de hacer, tanto en la sociedad como en la
vida de un individuo sin salvarlo. Es como cuando dejamos caer una piedra en un
gran charco de agua. El punto de contacto hace un gran y evidente impacto
inmediato, pero luego las ondas, aunque tarden, llegan a influir en todo el
charco. Así pasa cuando en la providencia de Dios el Evangelio actúa en una
sociedad o nación. Así era la sociedad en la que por la providencia divina nací.
Era mayoritariamente protestante. Mis padres eran presbiterianos pero,
desgraciadamente, miembros de una iglesia muy deteriorada doctrinalmente por el
modernismo. Es triste decirlo, pero en todos mis años de niñez y adolescencia,
no escuchaba nunca la predicación del Evangelio en aquella iglesia.
Cuando tenía aproximadamente 4 años mi madre se convirtió al Señor
escuchando unas predicaciones evangelísticas en la radio. Lo recuerdo por el
cambio que esto hizo en nuestro hogar. En realidad son mis primeros recuerdos -
recuerdos de una madre leyendo y explicando con sencillez los maravillosos
relatos del ministerio de Jesús; - recuerdos de una madre arrodillándose con sus
hijos al lado de su cama orando por la salvación de toda su familia; - recuerdos
de una madre llevando a sus hijos (mi hermano y yo) a muchas reuniones
evangelística dónde escuchamos claramente el Evangelio. Recuerdo como en muchas
ocasiones el poder del Evangelio era tal que yo temblaba físicamente, consciente
de la depravación de mi corazón y convencido que solo me esperaba la
condenación. Así pasé los años de mi niñez y adolescencia. No obstante seguía
rebelde, rechazando una y otra vez el Evangelio. Cuando llegué a 15 ó 16 años mi
corazón ya era sorprendentemente duro, tanto que lo único que me interesaba
entonces era conocer los placeres del mundo. Junto con mi hermano menor y
nuestro tío, que me lleva solo 5 años, decidimos «hacernos famosos», y compramos
instrumentos musicales y empezamos los ensayos. Eramos «adoradores» de la música
. Nuestro tío llegó a participar en otra banda de música en un baile que
organizamos nosotros en nuestra vecindad.
Justamente en este tiempo
dos hombres jóvenes llegaron a la vecindad con el propósito de hacer una campaña
evangelística. Obtuvieron permiso de mi padre para montar una casa portátil en
una parcela de nuestra granja. Desde el momento que lo oí tomé la firme decisión
de no ir, mas bien por el miedo que me daba el recuerdo del poder del Evangelio.
Además tampoco quería que nuestros planes se estropearan. Sin
embargo todo vino abajo cuando mi tío una tarde dijo que, puesto que no teníamos
otra cosa que hacer, iríamos a la reunión. Aquella predicación era como si mis
más profundos secretos fueran revelados.
Jamás sentí tanto la carga
de mi pecado. Sabía que era muy sucio delante de Dios. Temblaba por ser
condenado, sabiendo que mi condenación sería justa. Sin embargo seguía luchando
en contra del Espíritu del Señor amando todavía más mi pecado. Sin saber porqué,
seguimos asistiendo noche tras noche hasta que no pude resistirlo más. Habiendo
sido hecho dispuesto a arrepentirme y a descansar en Jesucristo solo para la
salvación, el Señor me salvó a pesar de mi indignidad. Fue el 1 de febrero de
1967 cuando personalmente gusté y vi que es bueno el Señor (Sal.34:8), y que de
verdad el Evangelio es «poder de Dios a TODO AQUEL QUE CREE...». El Señor
perdonó todos mis pecados y cumplió su promesa de Jn.6 :37, «...Al que a mi me
viene no le hecho fuera». En aquella misma campaña evangelística mi tío, luego
mi hermano y mi primo, entre otros muchos, fueron salvos por la gracia soberana
del Señor. Gloria a su nombre.
Poco después, con el nuevo amor de
Cristo en nuestros corazones y anhelando ser alimentados en la Palabra del
Señor, empezamos a asistir a los cultos y reuniones en la Iglesia Presbiteriana
Libre del pueblo más cercano, unos 10 Km. desde casa. Pronto fuimos aceptados en
la membresía de la iglesia. Así fuimos creciendo poco a poco en el conocimiento
de las Escrituras y en la gracia de Dios. Después de unos dos años empecé a
inquietarme, sin saber al principio que el Señor me estaba llamando a su
ministerio. Como Moisés, luché en contra del llamamiento del Señor, pero
finalmente el Señor me dio la gracia para rendirme y aceptar su voluntad. A
continuación fui aceptado por el presbiterio para prepararme para el ministerio
en el «Theological Hall» (Seminario) de nuestra denominación. Aquellos 4 años,
aunque muy difíciles, pasaron muy rápidos. Durante 3 de esos años tuve el
privilegio de trabajar, bajo la vigilancia espiritual de un consejo, en una
pequeña congregación que acababa de formarse. ¡Todavía me maravilla de que me
aguantaran tanto tiempo! Desde el principio de mi preparación supe que el Señor
me había llamado a trabajar para su gloria en el extranjero, pero no fue hasta
el final de mi preparación espiritual que supe que el Señor me iba a llevar a
España. Es difícil explicar todos los detalles del proceso en llegar a saber
esto, pero el versículo con que el Señor me selló tal convicción fue Rom.15:24,
en concreto la frase: «...cuando vaya a España». Me había casado antes de
empezar mi último año en el seminario, y esto después de 6 años de noviazgo,
convencido que el Señor me había dado la «ayuda idónea» en Noranna para el
ministerio al cual nos había llamado en España.
Llegamos a Madrid el día
13 de Abril del año 1977. Inmediatamente nos pusimos a estudiar el idioma, y en
aquel entonces hicimos contacto con la iglesia en Alcorcón. Así empezó nuestro
ministerio en esa iglesia. Mirando atrás por todos estos año me doy cuenta que
muchas han sido las pruebas e inclusive a veces las dificultades «insuperables»,
no obstante, quiero alzar mi Eben-ezer personal al Señor Todopoderoso y decir:
«Hasta aquí nos ayudó el Señor». Todos estos años de ministerio han servido para
enseñarnos que el Señor Todopoderoso que nos ha guiado hasta aquí seguirá
haciéndolo con la misma fidelidad hasta el día de nuestra muerte, o a la segunda
venida de Cristo, lo que venga primero. ¡Alabado sea el Señor!
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