Mi nombre es Angel Álvarez,
y nací en España de padres españoles. Aquellos de vosotros que seáis españoles o
que conozcáis algo de la historia de este país, sabréis que España es un lugar
muy católico. A través de la enseñanza que recibí dentro de mi familia y la
influencia que tuve en mi país en los primeros años de mi vida, fui creciendo
como un católico romano hasta la edad de 16 años.
Habiendo nacido en 1977,
nací en el intervalo entre una dictadura y una democracia. En años anteriores a
nuestra democracia, España vivía bajo un régimen donde no había libertad de
religión. Si tuviese que describir en pocas palabras el estado espiritual de
España y la reacción de la gente hacia la religión durante los años anteriores a
mi nacimiento, lo describiría como un tiempo donde reinaba el temor, la
ignorancia y la superstición. Este temor, ignorancia y superstición fueron
debidos a la enseñanza e influencia de la Iglesia Católica Romana, que enseñaba
e imponía sobre la gente sus propios dogmas y tradiciones. Se les decía lo que
tenían que creer en vez de exhortar a la gente a venir a la Biblia y ver lo que
Dios enseña en ella.
Aunque las cosas han
cambiado bastante desde entonces, sigue habiendo mucho temor, ignorancia y
superstición. Aquellos que viven en una religiosidad católica viven como
aquellos atenienses en tiempos del apóstol Pablo, que de forma ignorante
adoraban al Dios no conocido, porque no conocen a Dios tal y como él se ha
revelado en su Palabra.
Siendo mi padre ateo y mi
madre católica, yo crecí con una gran confusión, era mitad católico, y mitad
agnóstico. Aunque había sido bautizado como buen católico, había ido a las
clases para la confirmación en la Iglesia Católica, llevé a cabo mi
confirmación, y llegué a participar de la misa en los años siguientes, no
conocía nada de la Biblia ni sus enseñanzas en realidad, y prácticamente no
creía en Dios. Sin embargo, yo era considerado “cristiano”. Aunque yo no lo
sabía, mi estado espiritual en aquel entonces se podría haber descrito como
aquellos atenienses que adoraban a Dios sin conocerle
verdaderamente.
En 1993 conocí a un chico
de mi edad, y nos hicimos buenos amigos. Con el tiempo averigüé que él asistía a
una iglesia evangélica protestante. No conocía a nadie de mi edad que fuese a la
iglesia, y mucho menos que fuese a una iglesia evangélica protestante. De hecho,
hasta ese día no había oído jamás de la existencia de tal iglesia debido a mi
ignorancia recibida en la Iglesia Católica Romana.
Tras algún tiempo, este
amigo mío me invitó a una reunión de adoración un domingo en su iglesia, y
aunque tenía muchas dudas al respecto, finalmente decidí asistir a tal reunión
de adoración. Allí oí la predicación del evangelio por primera vez en mi vida,
es decir, jamás se me había dicho que yo era un pecador y que no podía ser salvo
por mis propios medios, y que el Señor Jesucristo se encarnó para tomar mi lugar
en la cruz del Calvario y morir por mí. A pesar de haber estado toda mi infancia
bajo la enseñanza de la Iglesia Católica y haber practicado las diversas
ceremonias que allí se realizaban, jamás en mi vida había escuchado el mensaje
del evangelio.
Un día, el Señor tocó mi
corazón y me dio convicción de pecado mientras escuchaba la predicación del
evangelio. Con mis actividades religiosas jamás podría ser salvo de mis pecados,
porque era pecador delante de Dios. Entonces, el Señor me mostró en su Palabra
la respuesta para mi salvación: su Hijo, el Señor Jesucristo, murió por mí en la
cruz del Calvario. En esta convicción de pecado acudí al Señor en
arrepentimiento de mis pecados y se los confesé en oración a Dios aceptando a
Jesucristo como mi Salvador personal, y el Señor me dio salvación y perdón de
pecados en Cristo Jesús, mi Salvador. Entonces supe lo que era la paz con Dios,
porque desde aquel momento para siempre gozaría de la comunión con Dios y había
recibido la vida eterna en Jesucristo.
Un año más tarde, el Señor
me llamó a través de diferentes pasajes de su Palabra a prepararme para servirle
en el ministerio cristiano. Tras haber estudiado en el Colegio Bíblico de la
Gracia en España durante cuatro años, decidí terminar mis estudios teológicos en
el Seminario Bíblico Whitefield en Irlanda del Norte.
Teniendo una gran carga y deseo por mi país y el pueblo que vive aquí, el Señor ahora me ha llamado a servirle y predicar el evangelio en España, haciendo el mismo llamamiento que hizo Pablo a aquellos atenienses de su tiempo (Hechos 17:29-30): “Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan”.